martes, 24 de octubre de 2017

COMO VIVÍ LA MUERTE FETAL DE MI HERMANO

Hoy traigo un tema duro. Un tema del que nunca he hablado con nadie abiertamente. Y es que hablar sobre la muerte de mi hermano no nacido es algo duro que, a día de hoy, todavía no he superado.

Cuando era pequeña ansiaba tener un@ herman@. Mis padres siempre explican que cuando llegaba el momento de la Navidad o de mi cumpleaños, siempre les decía: quiero un hermanito.
Y es que mis padres trabajaban mucho. Por no decir demasiado. Tenían un bar y a mi padre casi no lo veía entre semana. Cuando tenía cinco años, al tener el bar cerca del cole, me enseñaron la importancia de cruzar la calle, mirando siempre a ambos lados y estando segura de que no corría peligro. Eran otros tiempos y aún estando en una ciudad, teníamos esa libertad. 

Cuando tenía 9 años ya tenía las llaves de casa y cada día, iba y venía sola del colegio. Me quedaba por las tardes en casa de una vecina, que tenía hijas de mi edad y poco a poco fui siendo totalmente independiente, quedándome en casa sola, por las tardes, hasta que mis padres llegaban de trabajar. 

Así que imaginaros lo que echaba de menos tener a alguien conmigo, alguien con quien jugar, alguien con quien tener mis secretos, alguien con el que pasar las horas muertas, aunque fuera mirando al techo.

Además tuve una época muy fuerte de miedos. Miedo a lo que le pudiera pasar a mis padres. Me creaba mucha angustia pensar que si les pasaba algo a ellos yo me quedaría sola. Y sí, a veces me decían, pero están tus tíos, tus abuelos,.. Pero no es lo mismo, yo pensaba, si mis padres no están, yo estoy sola, seré la única que quede de mi familia. Ellos eran todo mi mundo.

Así que sí, pedía tener un hermano siempre que podía, pero nunca llegaba. Era tan inocente, que pensaba que era como los juguetes, lo pedías y te lo traían sin más. 

Y un día el milagro ocurrió. Tenía 12 años cuando mis padres me dijeron que iba a tener un hermano. ¡Madre mía! era super feliz, por fin iba a tener un hermano. Sí, yo ya era algo mayor, pero realmente no me importaba. Yo cuidaría de él, yo podría estar con él, jugar y divertirnos.

Al cabo de poco tiempo mi madre tuvo un pequeño susto (justo como me pasó a mi en mi embarazo), sangró un poco. Vi el miedo en sus ojos y cuando fuimos al ginecólogo me asusté. No me dejaron pasar hasta ver que todo estaba bien. Cuando el médico comprobó que había latido y que él estaba allí, entré a verlo. ¡Que emocionante! por fin era real, ahí estaba.

Los meses pasaron y mis padres iban trabajando día a día. Mi madre no paraba y eso hacía que estuviera más cansada de lo normal, pero ella, siempre todoterreno siguió trabajando.
Ese año, la semana santa cayó para marzo. Esos días de fiesta, yo me levantaba con mi madre e íbamos juntas al bar que tenían, y allí me pasaba el día, sentada en una mesa, leyendo, dibujando o simplemente salía y daba vueltas a la manzana. Y además, el cumpleaños de mi madre caía para esa fecha. Llegó el día de su cumpleaños y yo estaba durmiendo, de pronto, mi madre me chilló desde el baño. No se sentía bien. Me levanté corriendo. La encontré llorando y me decía que llamara a mi padre, que teníamos que irnos al hospital. No entendía nada. Lo llamé desde casa. Le expliqué la situación. Mi madre estaba sangrando. Algo malo estaba pasando.
Después de eso, salimos a coger un taxi y directas al hospital, donde mi padre nos estaría esperando. 

Al llegar recuerdo a mi padre, estaba nervioso, muy nervioso. Mi madre no paraba de llorar y le dolía muchísimo el bajo vientre. Me asusté. No llegaba a entender lo que estaba pasando y me asusté porque pensé que le podría pasar algo a mi madre. Cuando llegamos al ala de maternidad, mi padre y yo nos quedamos fuera. Mi tía vino, pues mi padre los había llamado. En cuanto ella llegó él entró dentro. A mi, por mi edad, no me dejaban pasar. Yo solo quería ver a mi madre, saber que estaba bien y que ella no corría peligro. Hoy día lo recuerdo y se me saltan las lágrimas. Horas y horas fuera. Os estoy hablando que habíamos llegado a media mañana y hasta la tarde-noche no dejaron que entrara a verla.

A la hora de comer, mi padre se quedó con ella, y una amiga de mis padres vino a buscarme para llevarme a su casa a comer y salir de allí. Yo no quería. Llorando le pedí a mi padre ver a mi madre, pero el médico, el marido de esta amiga, nos dijo que yo no podía pasar. Mi padre me dijo que no pasaba nada. Que ella estaba bien y que a la tarde me dejarían pasar, pero que tenía que irme. Llorando, me marché con la amiga de mis padres, sin saber bien qué es lo que estaba pasando.

Esta mujer, amable, buena y sobre todo paciente, me explicó lo que había pasado. Mi hermano ya no estaba, se había ido. Su corazón había dejado de latir. Aún recuerdo aquellas palabras, como ella intentaba que me sobrepusiera. Incluso me regaló un peluche, que aún hoy, tengo en casa de mis padres y que durante mucho tiempo, me acompañó en la cama mientras dormía.

Después de volver de comer, vi a mi padre. Estaba más tranquilo, aunque él, hombre de pocas palabras, no me explicó mucho. Solo que mi madre no corría peligro y que estaban esperando a que le dieran habitación, pues esa noche la tendría que pasar en el hospital.

Por fin pude verla. Estaba rota de dolor. Rota por dentro. Rota por fuera. Mi padre y el médico (que me coló, porque no podía dejarme pasar, pero lo hicieron como favor) me pidieron que no llorara. Que le dijera que todo pasaría. Yo les dije que sí, pero todos sabemos que eso era imposible. En cuanto la vi me eché a sus brazos y ella empezó a llorar.

Nunca olvidaré sus primeras palabras: - Lo siento, ha sido culpa mía. Lo siento mucho.

Yo pensé... pero por qué dice que es culpa suya? No es culpa de nadie. Del destino, de la naturaleza, pero no de ella. 

Con los años ella me explicó que se sentía culpable, porque en aquella época trabajaba muchas horas en el restaurante, lo que hizo que no descansara lo suficiente. Eso le añades los nervios porque todo vaya bien y el que ella de por sí es así, y finalmente te dan el cóctel perfecto.
Yo siempre le he dicho que no se sienta culpable, que no fue así, pero sinceramente, lo que ella ha pasado solo las personas que han tenido una pérdida así lo sienten.

El día que mi madre perdió al bebé, como os he dicho anteriormente, era el día de su cumpleaños. Desde aquel año, nunca, NUNCA, lo celebramos ese día. Siempre más tarde, pero ese día mi madre está de luto. Después de todos los años que han pasado, ella sigue pensando en el hijo que nunca pudo sostener en sus brazos. Sigue culpándose.

Otra cosa que recuerdo como si fuera ayer, fue la crueldad con la que vivió ese día mi madre. Al estar en el ala de maternidad, ella estaba en un box, frío y solitario. Nadie quería entrar si no era absolutamente necesario, pues nadie quería tener que consolar a aquella mujer que lloraba por su pérdida. Supongo que muchos pensaban... ¿y qué le dices? 
Pero ella tuvo que pasar aquel día en esa sala. Sola. Escuchando como otras mujeres traían al mundo a sus bebés. Y oía cuanto pesaban, lo bonitos que eran. Los oía llorar y oía a las madres llenas de felicidad. Eso todavía le hacía más daño. Hora tras hora. Hasta que se la llevaron a una habitación, pasadas las 9 de la noche.

Después de aquello, ella ya no quiso tener más hijos. Sinceramente, creo que venía de rebote y no esperaban tener más y esto hizo acrecentar esa idea. Conmigo tenían más que suficiente y no iban a tener más. 

Después de verla, después de sentir que ella estaba bien, yo respiré tranquila. No era tan consciente de todo lo que estaba pasando. Ahora soy madre y pienso.... ¿qué hubiera sido de mi si me hubiera pasado algo como esto?

Pero ella no es la única persona de mi familia que ha pasado por ello. Mi abuela materna, justamente, con su segundo embarazo pasó lo mismo. Perdió al bebé. Y mi abuelo siempre hacía "la broma" de que como el médico le comentó que no había quedado del todo bien después del aborto (físicamente hablando) y le dijo que lo mejor era que se quedara embarazada, él la había preñado al salir del hospital y por eso mi madre había nacido. Pero pienso en aquellas palabras, en esas "bromas" y me digo a mi misma, lo que han tenido que pasar nuestras antecesoras, nuestras abuelas, bisabuelas, ... con una pérdida así. Hoy día es un tema tabú, no me quiero imaginar como era en aquellos tiempos.

Como hija de una madre que perdió a su bebé antes de nacer. Intenté que estuviera feliz, que se centrara en mi, en mi padre y no tanto en la pérdida. Por supuesto, poco funcionó, porque ella siguió y sigue recordando a ese hijo que nunca tuvo y sé que nunca podrá olvidarlo, igual que yo no olvido, que por unos meses, tuve un hermano. Ella siguió llorando durante días, semanas y meses, porque aunque no la viéramos, sí la oíamos. Y eso, siempre se te queda en la mente como ese post-it que colocas para no olvidar una cita.

Como ya os hablé en un post, hace tiempo: este. No quiero que mi hija sea hija única, como leí hace poco en el blog de Lidita Swan, creo que se pierden ciertas cosas y no quiero que ella pase por algunas cosas por las que pasé yo. Pero por otro lado tengo miedo. Tengo miedo de pasar por lo que pasó ella. Justo mi abuela el segundo lo pierde, mi madre el segundo lo pierde. Será cosa de familia?? Puede que no, lo más probable, pero eso siempre lo tengo en la cabeza. Y espero que las cosas mejoren, monetariamente hablando, para poder darle el/la herman@ que ella tanto pide. Porque sí, ella lo ha pedido alguna vez y como no le gustan las niñas, ya dice que sí o sí quiere un hermano.

Si está en mi mano, se lo daré. Espero que el destino no sea tan puñetero y dejemos esta "mala suerte" del segundo y podamos cumplir ese sueño.

martes, 17 de octubre de 2017

LLEGÓ EL MOMENTO. FASE DEL POR QUÉ

Pues sí. Ya hemos llegado a esta temida fase. 

De un tiempo a esta parte, la peque ha mejorado mucho en su vocabulario y desde ese momento ha empezado con esa pregunta interminable: ¿Y POR QUÉ?

Así que nos despertamos y acostamos contestando preguntas. Aunque reconozco que el que más responde es mi medio limón al estar con ella en casa.

Cualquier cosa suscita un... ¿y por qué? A veces su padre ya no aguanta más y la respuesta es porque sí y ya está. A lo que su inocencia le hace responder y por qué si? Y yo... pues yo me parto de la risa porque no pensé que llegara tan temprano. 

¿Por qué sale el sol?
¿Por qué la luna sigue en el cielo si el sol ya ha salido?
¿Por qué vamos en babús (autobús)?
¿Por qué no puedo tener un nuevo muñeco?
¿Por qué comemos arroz?
¿Por qué...?
¿Por qué...?
¿Por qué...?

La verdad es que la peque nos ha salido una parlanchina. Sí, tiene a quien parecerse, a mi!! jajaja, que no paro ni debajo del agua y es que yo tengo cuerda para rato, así que imaginaros las conversaciones de besugo que tengo hoy día con mi peque.

Los peques están descubriendo el mundo que les rodea y a veces no entienden porque se come a una hora. Porque se tienen que bañar cuando están jugando o porque tienen que ir cada día al cole. 
Y porque no... la pregunta más temida por nosotros: 
¿y por qué esa niña tiene un perro y yo no? Es que ella ha sido buena y yo no? 
Eso mismo le dijo a su padre hace un par de semanas de camino al cole, mientras una niña con su abuela iban de camino al cole con un perrito a su lado. Ella adora a los animales y claro, no es la primera vez que nos dice que quiere uno. Pero nosotros creemos que no está preparada, todavía, para esa responsabilidad. Sí hemos pensado en tener un animalito en casa, pero queremos que ella sea la encargada de sus cuidados y así enseñarle que puede tener un amigo fiel, que siempre velará por ella, pero que tiene que cuidar día a día. 

Así que así estamos en estos momentos. Sorteando sus por qué.  Y es que hay veces que ya no sabes que contestar. Y yo, con la imaginación que aún tengo y pensando que solo tiene tres años y medio intento explicarle todo de una manera que lo entienda. A veces se siente satisfecha y otras veces vienen acompañados de otro ¿y por qué?

¿Qué tal vosotros? ¿Ya estáis en esta fase? ¿Les respondéis a todas las preguntas o al final perdéis los nervios y soy del porque lo digo yo?

miércoles, 4 de octubre de 2017

NO RECRIMINES A MI HIJA

Hoy quiero hablaros de una situación que vivió mi medio limón la semana pasada, durante la fiesta de presentación de padres y niños en el cole.

Normalmente a todos estos eventos voy yo. Pero justamente, la semana pasada, el viernes, tenía una quedada con gente del trabajo y no quería perdérmela, así que me dijo: No te preocupes, si ya voy yo y la peque, con sus amigos de la clase ni se dará cuenta de que no estás.

Todos sabemos que cuentan se dan. Pero como estaba el papi pensé: pelillos a la mar, que me apetece desconectar un rato de todo.

Una de las pocas cosas que no me gusta hacer como madre es: ir al parque con ella. Me puede y me entran sudores fríos cada vez que me dice: Vamos al parque??? Pffff, de verdad, prefiero saltar a la pata coja durante una hora que hacer eso. Pero no, la peque quiere parque y para lo poco que va, pues siempre cedo. Pero siempre tengo ese miedo o ese no sé qué, en el que pienso: y ahora a ver que me encuentro. Soy de esas madres que pasan de todo, no pierden de vista a su peque y mientras ella esté bien no pasa nada, pero no entablo conversación con otros adultos de mi alrededor si no es absolutamente necesario. Dejo que ella campe a sus anchas. Que corra, salte, juegue con la arena y mil cosas más, pero siempre sin molestar, sin pegar y sobre todo, respetando (últimamente en casa estamos hablando mucho del respeto... ¿por qué será?)

Pues como os contaba, mi medio limón fue al cole a las 17.00 y allí se encontró con otros padres. Me mandó fotos y mensajes de la peque, diciendo que todo iba bien y que se estaba poniendo como el kiko con todo lo que habían traído para merendar ese día las madres del AMPA. Por cierto, muchas gracias por traer dulces caseros y no todo comprado industrialmente, eso siempre se agradece.

Así que mi medio limón empezó a hacer migas con otros padres que ya conocemos del años pasado y de otros nuevos que se encontraban como un pulpo en un garaje. Pero aunque estaba con los adultos hablando mientras los enanos jugaban en el patio con la arena y el tobogán (que sí, que tienen hasta un pequeño tobogán con escaleras, en uno de los lados de ese maravilloso patio del sol), no le quitaba ojo a la peque.

Somos de los que no quitamos ojo, pero que tampoco vamos corriendo a la primera de cambio. Pensamos que hay momentos en los que ella tiene que saber desenvolverse y no necesita de nuestra ayuda constante. Pero eso sí, si llora o nos llama, somos raudos y veloces como una liebre para que sepa que estamos ahí con ella.

De pronto, mi medio limón vio una de esas situaciones. La peque estaba jugando con la arena, junto a otros niños y una de las niñas le tiró arena a Carlota. Como esta experiencia ya la habíamos pasado, con lloros y rabieta de por medio, ya sabía como tenía que actuar, y actuó como una niña de tres años. ¿Me tiras arena? Pues yo también! Y así fue, mi hija, ni corta ni perezosa, cogió un puñado de arena y se la tiró a dicha niña. En 10 segundos la madre de esa niña se puso a INCREPAR A MI HIJA. Empezó a recriminarle el porqué le había tirado arena a su hija, que eso no se hacía y que pidiera perdón. ¿¡Perdón!? Tú quién eres para hacer eso????

Mi medio limón lo vio todo y tampoco tardó mucho en decírselo. Primero le dijo que no se dirijiera a nuestra hija, ni de esa, ni de ninguna manera. Que lo que tenía que haber hecho era ir a su padre y decirle que no le había gustado la actitud de nuestra hija, a lo que él habría respondido que su hija era la que había tirado arena a la nuestra y ella solo se defendió haciendo lo mismo. Después de eso, mi medio limón que no se amedrenta con nada, le dijo que no volviera hacer eso, ni a su hija ni a ningún niño y que en lo que quedaba de tarde que no se acercara a nuestra hija.

Según me contó después de eso, la madre agachó la cabeza y se fue, pero él tenía un cabreo máximo por lo que había pasado. A nosotros, nunca, NUNCA, se nos ha ocurrido ir a un niño a decirle nada si se portaba mal con nuestra hija. Al contrario, hemos ido a los padres y se lo hemos dicho, que ellos hagan o no algo, es otra cosa, pero no a los niños. Ellos son inocentes, y en este caso, mi hija lo que hizo fue defenderse. Podreis imaginar lo que le pasó a nuestra peque al ver que esa mujer le decía esas cosas, verdad??? Se puso a llorar, luego no quería ir a jugar. Mi marido tuvo que irse un momento con ella a un rincón a calmarla. Pero no llegó a más y terminó jugando con sus amigos. La mujer se pasó lo que quedaba de tarde mirando a mi marido con cara de vergüenza y es que es lo mínimo.

Cuando pasó todo esto, ninguna de las profesoras estaba cerca, pero la profe de nuestra peque al ver a mi marido, le preguntó que le pasaba, por supuesto, le explicó los hechos y la respuesta de ella fue: que sentía no haberlo visto, que no hubiera permitido que hiciera eso esa madre, por eso muchas veces, cuando los niños se pelean o hay alguna cosa entre ellos, suelen hablar con los padres, pero nunca acusan a ningún niño delante de otro padre, porque si no, se lía las de Dios. Y es que me lo creo.

Dicho todo esto, me sentí mal por no estar cuando ella me necesitó. Por la noche, ella misma me explicó lo ocurrido y me dijo que se sintió muy mal porque aquella señora le dijera esas cosas, pero que papá estuvo cerca y pudo seguir jugando con sus amigos. ¿De verdad te sientes tan poderosa recriminando a una niña de tres años?

¿Y a vosotros? ¿Os ha pasado algo parecido?